Crónicas desde La Habana

 

Padura y la neblina del ayer

Un texto de ELOY JÁUREGUI

 

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En el bar de los bajos del edificio Palace, en el esquina de Avenida de los Presidentes y la Calle 25 en El Vedado al oeste del municipio de Centro Habana, apuro la primera copa de ese mediodía con un sol y un calor inclemente y en el coche de Rolando D. nos lanzamos a Mantilla, a 15 kilómetros al sur de la capital habanera, el barrio donde vive el escritor y periodista Leonardo de la Caridad Padura Fuentes. Es cierto, voy con temor, Padura es toda una personalidad en la isla y en estos días es difícil entrevistarlo.

En junio, cuando se supo que el escritor había ganado el premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, el periódico oficial cubano Granma, con apenas 174 palabras, había informado del suceso. El texto no entraba en detalles ni elogios y fue lo más escueto posible respecto a ese galardón, que entre otros, también lo habían obtenido a subtiempo Juan Rulfo, Günter Grass, Doris Lessing, Arthur Miller, Susan Sontag y Paul Auster,  entre otros. Yo recordaba que esa misma apatía oficial la sufrió el también cubano Guillermo Cabrera Infante cuando en 1997 ganó el más importante reconocimiento a las letras cubanas, el Premio Cervantes.

Padura no es como esos escritores dizque revolucionarios que habían sido alejado de los círculos oficiales de las letras y luego convertidos en ciudadanos fantasmas sin saber lo que ocurría a su alrededor. Aquello que le toco vivir al mismo Cabrera Infante y sus amigos en la primera década del régimen cuando quedaron fuera de todo, en un vacío cotidiano que ello trataba de atenuar sin éxito con leyendas urbanas y otras fantasías delirantes entre tragos de ron y harta chismografía. Bien, hasta octubre del 2015, Padura demostró que fue más hábil que todos ellos. Tiene una presencia en toda la isla y goza de una moderada libertad para decir sus cosas.

Hoy dos tipos de revoluciones, la política  y la literaria. Cuba sufre las dos. Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y, sobre todo, con su casi inmediata radicalización comunista, se produjo una fractura del espacio literario y que persiste hasta hoy. Por cuatro generaciones, muchos  escritores cubanos se marcharon con ira de la isla a los Estados Unidos, Europa y América Latina. Es que la libertad creativa no es compatible con el genio del régimen castrista.  Pero a diferencia de lo que sucedía en las primeras décadas de la Revolución, cuando predominaba la polarización ideológica y la discordancia estética, hoy las literaturas de la isla y la diáspora se parecen cada vez más y, sin embargo, siguen divididas políticamente. Muchos aseguran que desde aquel tiempo la mejor literatura cubana, precisamente se ha escrito lejos de la isla.

Críticos cercanos a la Revolución reconocen que las grandes obras literarias como es el caso de los libros de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cabrera Infante, Severo Sarduy o Antonio Benítez Rojo fueron escritos antes de 1959 y poetas y narradores más jóvenes, aquellos de los 60 para acá, como es el caso de Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales y Jesús Díaz, aunque son producto de ese años primigenios del régimen, tratan a la Revolución en el vórtice de sus ficciones, unas veces para ilustrar su aspecto monstruoso o perverso, y otras, para documentar el naufragio de lo que consideran la utopía perdida.

Pero Leonardo Padura y otros creadores contemporáneos representan otra modalidad del escritor en Cuba. Rafael Rojas, el escritor cubano y autor de La vanguardia peregrina, que trata sobre los exilios literarios cubanos de los 60, publicó hace unos meses en El País de Madrid una columna  donde aseguraba que los narradores como Padura y Jorge Enrique Lage prefirieron dialogar con aquello, lo revolucionario y llevar la fiesta en paz. Es verdad que en la poesía, se encuentra una interpelación más directa con la subjetividad propiamente revolucionaria y se comienza a vivir una mutación civil: “Pienso en poetas como Raúl Hernández Novás, Reina María Rodríguez, Omar Pérez y los escritores asociados a la revista Diáspora(s), que acreditaron esa mutación. Y poetas y ensayistas de como Rolando Sánchez Mejías, Iván de la Nuez y Antonio José Ponte, quienes  adelantaron la estética transnacional y distópica que predomina, hoy, entre los más jóvenes escritores cubanos, de la isla o del exilio”.

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Mantilla es un barrio modesto. Luce como esplendor la alegría del pobre con sus habitantes alegres a pesar de los 38 grados y una sed descomunal. Se parece al Huacho o al Cañete limeños. Bueno ahí vive Padura y su compinche Mario Conde. ¿Conde? Sí, ese policía, acaso su alter ego, que solo habita en sus novelas pero que uno supone, vive a cuadra y media de su casa. ¿Conde? Sí, aquel que existe en ocho novelas y se ha hecho tan verosímil y famoso que, según Padura: “ha dejado de ser un personaje para convertirse en una persona. Mucha gente me pregunta por él como si fuera alguien real”. Padura es hospitalario y querendón. No se le han subido los humos. El merito del Princesa de Asturias le hizo reconocer al  jurado que su obra constituye: “una soberbia aventura del diálogo y la libertad” y que es un autor “arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de lo culto y lo popular; un intelectual independiente, de firme temperamento ético”.

Padura ahora está tranquilo. Sus libros se venden como pan caliente, más afuera que en Cuba, y hasta es un guionista cinematográfico que cobra lo justo. Pese al éxito, él continúa en Mantilla, cierto con la humildad del vecino ilustre y sigue viviendo en la planta alta en la misma casa que levantaron sus padres cuando el médico les anunció que tendrían un hijo al que llamarían Leonardo, si nacía varón y que desde esa vez lo llamaron Nardito, un apodo que le cuadraron de niño cuando soñaba ser pelotero o luego, reportero de béisbol.  Yo no había avisado de mi llegada y como cronista, y de sorpresa,  quería contarlo todo, primero, que cómo lo veían sus vecinos y luego, cómo era la vida de un escritor en La Habana, y conversar con él de nuestra pasión, las letras.

De pronto mi suerte cambió. De pronto como ocurre en el trópico, comenzó a llover. A llover de verdad, sin aviso, sin esperarlo nadie y sin tregua. Mi amigo Rolando D que conducía vanidoso su auto Ford Thunderbird de 1956 descapotable color acero, simplemente cayó en el más bajo deshonor pero alcanzó a decir citando el Génesis: “Y todas las cataratas del cielo fueron abiertas”. Yo le dije que pare ya, y me metí en el primer bar que estaba a la vera de la Calzada de Managua, exigí a los gritos una copa de ron Habana Club y mi destino tuvo un momento de sosiego en mi ego mientras esperaba que escampe observando desde el “Reyna del sabor” las aguas inundando aquella villa del señor que no se parecía a La Habana, esa ciudad tatuada con el ruido, desproporcionada y orgullosa que vivió por siempre en el calor inclemente y con “las paredes descascaradas hasta el hueso”.

Padura también esperaba que escampe cuando llegué a su casa. Ahí, en medio de sus fidelidades a su compañera de siempre, Lucía López Coll, al detective Mario Conde, a su equipo de béisbol Industriales de La Habana, a los cigarrillos Populares con filtro y por supuesto a Mantilla, andaba alborotado. Me contó que lo habían llamado de alguna embajada para su visa y que pena, pues, se iba a marchar. Yo recordé entonces la conversa con el escritor Miguel Barnet –el capo por estos días de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y gran chismoso– quien me contó que Padura era un tipo de costumbres marciales, sus cinco horas de escritura por la mañana, su siesta después del almuerzo y tres horas de lectura por las tardes.

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Y ahora no había almuerzo y con las disculpas, que Padura se tenía que ir para Miramar en La Habana y que ya no le quedaba tiempo. Entonces le dije que yo andaba, y nadaba, en coche ese tarde de lluvia inmisericorde y que lo podía llevar a su destino y que conversaríamos en el viaje. Aceptó y fue en el trayecto que le pregunte sobre Hemingway. Padura había publicado en Tusquets Editores en el 2001 su novela “Adiós, Hemingway” donde el policía Mario Conde, ya retirado del servicio, esa vez  convertido en vendedor de libros antiguos y cumpliendo su sueño de ser escritor entra en crisis mortificado por su karma moral. Padura dice que siempre le interesó la investigación y el ensayo literario. Durante muchos años trabajó  en libros sobre Alejo Carpentier e incluso sobre el peruano, el Inca Garcilaso de la vega, aquel que su primer libro.

La historia de “Adiós, Hemingway” dice que fue muy peculiar. Es un texto que él escribió  por encargo. En Brasil, la editorial que lo publicaba le pidió que participara en una serie de novelas escritas por diferentes autores que se llamaron “Literatura o muerte”. Tenía dos condiciones fundamentales: la primera, que fueran novelas más o menos policíacas en las que un escritor fuera el personaje central; la segunda que la historia tuviera entre 140 y 160 páginas: “No podía ser una novela más extensa y por lo tanto hay ese sentimiento de limitación que se siente en el libro. Pero yo creo que esa es una novela que si le hubiera añadido cincuenta o cien páginas más, no le hubiera agregado nada importante”, me dice.

Padura también cree que Hemingway fue el más cubano de los escritores extranjeros y que parafraseando su otra novela, se fue perdiendo y tragado por ‘las neblinas del ayer’.  “Uno se da cuenta que Hemingway conforme se hacía viejo, lo fue perdiendo todo y una por una, acabó con las mejores amistades que tuvo. Lo hizo con Scott Fitzgerald, con Dos Passos y con todo el mundo por una razón inexplicable que tuvo con ese carácter destructivo de la amistad”, me cuenta.

¿Y eran dos personas en una? le pregunto: “Tiene razón, una es aquel ser que escribió esos cuentos magníficos y algunas novelas que siguen siendo libros absolutamente vitales, contemporáneos que le siguen hablando a un lector moderno; y por otra parte era el personaje. Ese personaje que él se creó y que tanto ayudó a difundir su literatura tenía que responder a determinadas reglas, unas reglas que tenían mucho que ver con la destrucción de lo que estaba a su alrededor”.  En efecto, Hemingway fue destruyendo patrimonios, amistades, relaciones con los hijos. Es jodido reconocerlo pero su protagonismo tenía que ser tan absoluto que no podía permitir nada que estuviera en contra de ese protagonismo.

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Dos días luego lo encontré.  Coincidimos en el Centro Internacional de Prensa de la Calle 23 y cosa curiosa, estaba solo, confundido con una decena de periodistas que buscaba una acreditación. Fue ahí que me contó de cómo hace para escribir. Decía que ya no era de muchas amistades y que al contrario pasaba muchas horas del día en silencio. Padura trabaja en su casa de Mantilla fundamentalmente. El y su mujer Lucía, los dos solos. Y me cuenta que ya a las siete de la mañana se pone a escribir  y hasta el mediodía. ¿Habla muchos con Lucía? Y Padura dice que lo suficiente y que más bien está solo, todo el tiempo consigo mismo, en soledad. Ya no más a los días de patotero cuando empezó con la escritura y necesitaba a la banda, a la manada. En esa primera etapa en la que empiezas a ser escritor necesitas mucho del gremio, de la manada, en su caso con los muchachones de su generación literaria, Senel Paz, Arturo Arango, Lichi Diego, un grupo de muy buenos poetas y muy poco conocidos que tenían una relación muy cercana, incluso se consultaban lo que escribíamos y lo que iban creando y pensando.

Entonces le digo que valió la pena ser escritor y Padura me mira con esos ojos como cansados y apenas sonríe. Que la escritura fue su tabla de salvación, que lo rescató de la locura y la desesperación en los años noventa cuando la crisis de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas arrasó las promesas y los sueños de la utopía socialista y sumergió a Cuba en una crisis inimaginable. Así se hizo periodista y escritor y hoy cautiva a miles de lectores en todo el mundo y que ha desatado una verdadera “Paduramanía”, que escribe en Cuba sobre Cuba y que no ahorra críticas demoledoras a esa utopía trunca en sus múltiples novelas y trabajos periodísticos.

Muchos intelectuales cubanos entienden que entre Padura y el régimen de los Castros y los comisarios culturales hay un pacto secretísimo. De alguna manera, su caso es atípico: vive en Cuba, escribe sobre Cuba y sus textos periodísticos y literarios no se publican en Cuba, sino en otros países. Esa extraña relación: hacer periodismo sobre una realidad y que dentro de esa realidad no tenga un efecto o una relación directa con las personas que la conforman. Padura dice que con frecuencia se encuentro con personas que le hablan de un texto suyo que escribió años atrás y piensa que él lo hubiera escrito la semana anterior, porque fue entonces que lo leyeron.

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En un momento trato de comparar a Padura con Cabrera Infante o con Arenas y algo no cuadra. De lo que si estoy seguro es que con su novela del 2009 “El hombre que amaba a los perros”, basada en la historia de Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky, Padura ingresó a jugar en las grandes ligas de las letras y alcanzó un indudable éxito internacional inusitado.

Padura ha recibido, entre otros, el Premio Café Gijón (1995), dos veces el Premio Hammett de la Semana Negra de Gijón (1998 y 2006), el Premio de las Islas (2000), el Prix des Amériques insulaires et de la Guyane, el Premio a la Mejor novela policiaca traducida en Alemania y en Austria (2004), el Premio Raymond Chandler (2009) y el Premio Francesco Gelmi di Caporiacco (2010) por El hombre que amaba a los perros, obra con la que ha ganado asimismo el Prix Initiales (2011), el de la Crítica del Instituto Cubano del Libro (2011) y el Carbet del Caribe (2011). Premio Nacional de Literatura (Cuba, 2012) y Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2014, en 2013 le fue concedida la Orden de las Artes y las Letras de Francia y en junio del 2015 obtuvo el premio Princesa de Asturias de las Letras.

Yo lo dejo con el recuerdo de esas palabras que me dijo: “Que yo soy en Cuba un escritor independiente y un periodista que no vive de ese oficio, pero que no deja de practicarlo, aun cuando mi trabajo de los últimos casi 20 años se haya publicado más fuera de Cuba que en Cuba. No sé si soy tolerado, si alguien lo pensó y me dio esa categoría, lo que sí sé es que he podido hacer mi trabajo reciente sin que nadie me moleste. Aunque, claro, pago el precio de que mi periodismo no se divulgue en Cuba, que la gente tenga que leerlo de manera aleatoria, cuando alguien reenvía por correo electrónico alguna de mis crónicas. Pero es un precio que pago con agrado, a cambio de libertad”.

Padura había escrito sobre el mar y el malecón de La Habana. Decía que sin el mar, La Habana no sería La Habana: “Sin su Malecón, aun siendo La Habana, la ciudad sería otra. Ese parapeto de concreto, que corre por la costa rocosa desde el interior de la bahía hasta la desembocadura del río Almendares, resulta mucho más que un parapeto contra las marejadas del norte o el banco público quizás más largo y concurrido del mundo: en realidad constituye la barrera física y psicológica donde han terminado o comenzado los sueños y posibilidades de tantos cubanos, la frontera hasta donde llega la isla y a partir de la cual empieza el resto de un mundo que, para los isleños, es siempre mucho más ancho y ajeno”.

Y dejo a Padura y sigue lloviendo. Desde que la Calle 23, y con rumbo al malecón de La Habana, que la llaman La Rampa, el calor se hace más intenso. Es delirante al mediodía y casi un horno cuando uno baja y se encuentra con las muchachas más bellas de la tierra. Esta tierra que no se parece a ninguna. Y llueve, ahora que camino bajo una tempestad de regreso del malecón donde la lluvia y el viento me tratan de arrancar el paraguas, me siento un argonauta desde mis zapatos empapados y hasta el pescuezo. Salvo los vehículos que pasan a una velocidad de cruceros, los habaneros se refugian debajo de los toldos o en uno que otro a las entradas de los edificios. Solo yo avanzo en medio de este diluvio con rumbo a mi departamento pero me detengo porque hay un enorme letrero que dice: “Cuba libre, en el estudio, en el trabajo y en el fusil”.

Noviembre, 2015

 

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