DIVINOS CUERPOS

Betty Di Roma:

Las eternas caderas del fuego

Una crónica de Eloy Jáuregui

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Fue [es] el cuero y sus adentros de hembra nacida y deseada del país. Ahora tiene una anatomía feraz aunque marchita y al mismo tiempo, eternamente gloriosa. Fue así que confesó que no sabía vivir fuera de la música, ni lejos de los escenarios. Fue así que juró que el talento no se le quería ir porque ella era la misma música. «Yo sigo siendo La Reina del Mambo», así me contó y así le creí.

 

Y ese joven que observa y equidista las fotos de los afiches de colores errabundos y los nombres de las estrellas en el frenesí de una muchedumbre de astros, ese joven es ahora este venerable caballero que con anteojos bifocales está leyendo el parte de su vida (la autobiografía de su biografía), que ama a Ninón Sevilla antes que a Greta Garbo, quiere a Adalberto Martínez o «Resortes» más que Peter Lorre y añora con locura la cazuela del Teatro Monumental como quien se ilusiona en las tripas del «Molin Rouge» ante la carne enamorada de solitaria sabiduría. Ese hombre es éste que lee esta crónica.

Selene Ballón tiene 20 años bajo la seda de licra brasilera su malla de aeróbicos. Tiene 20 años y es hermosa contra los rigores de su cuerpo perfecto cual manzana horadada por la flecha. Selene Ballón es maestra de Betty di Roma y en los baños turcos «Hawái» está exigiendo un esfuerzo más a los músculos del tiempo y a la somnolencia eterna de las carnes. Frente al gran espejo, esa mujer de ojos humeantes está perpetuando la explosión sacroilíaca, y transpira ahora que la catarsis nalgal la inflama, la yergue, la autoriza mil veces Diosa. Y suda y no se queja hoy que su ostentosa osamenta dolorosa nos aparta del cielo. Así es ella. ¡Señores y por qué no, también señoras!

–Oiga ¿El suyo es nombre oficial o chapa artística?  -le pregunto sin respirar frente a tres Fantas sin helar y con apagón.

-No mi hijo -dice entre sudorosa y orgullosa-, Betty di Roma es mi nombre de pila. Mi padre se llamó Giuseppe Roque di Roma y era calabrés, de la misma Sicilia. Él fue concertista de piano y un buen día llegó al Perú y se afincó en el valle de Ica. Ahí nací yo y casi toda la familia, somos 12 hermanos, mitad Di Roma, mitad Castro. Así es la vida mi hijo.

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Las Dolly Sisters en Lima.

Y más que pasmo, el zarandear   su vorágine, el flamear de su cuerpo náyade, provoca desquiciamiento y convulsión cuando el disco de 78 rpm. RCA Víctor del maestro Dámaso Pérez Prado está descarriando al auditorio del cine teatro de Breña. Si es «La Niña Popoff» el tema que provoca la subversión en esa su humanidad nívea y lechosa, de apenas 14 años  una verdadera nínfula exclamaría el ultralibidinoso Vladimir Nabokov que con el bikini blanco y rojo («¡Oh dulce humedad peruana, trémulo fuego!») Confeccionado por un tal argentino Julio, cual ángel desenfrenado y voraz, propietaria de la belleza prohibida, trepida meneando sus glóbulos carmesí embutidos en la piel del pecado, al son del mambo, al son del relajo, descalza sobre las dichosas tablas del escenario, aquel del auditorio de la voluptuosidad. Y su suave pelusa como la de un níspero velluno.

-Pero a mí me contaron que usted era bien pero bien chalaca.

-Yo dije que nací en Ica pero no le conté que a los cinco años nos mudamos al Callao, al pasaje Ronalds por la calle Ecuador. Después nos cambiamos a la Av. Argentina y de ahí a la Av. Saenz Peña. Como ve, la familia no se fijaba pero al mismo tiempo, como se dice, nos empapábamos de ese barrio tan querido y tan sufrido también. Por eso cuando llegaron a conocerme   y fabrica un mohín de muñeca dormilona y sin pesadillas   me creían que era chalaca. Hay barrios que tienen música propia y otros que parecen cementerios. El Callao era y es una fiesta interminable. Por eso me arrullaron en rumba.

«Bellísima cazadora/ más fiera que las que sigues/ […] tan grandes son tus extremos/ de hermosa y de terrible, / que están los montes en duda/ si eres diosa o si eres tigre.» [Luchito de Góngora dixit nada menos].

Y era buena estudiante pero mucho más, muchachita radial. En el colegio Hipólito Unanue conoció a Graciela Cáceres Belmonte, la mamá del «fantástico» Rocky Belmonte. Ambas habían recibido el flechazo de aquel zambo onomatopéyico y chaparrito conocido como «Cara e foca», el gran Dámaso Pérez Prado de Cuba.. Ambas se hicieron del mambo celestial y después de clases en casa de Graciela, bailaban hasta el desmayo paroxístico. Para esos aquelarres erótico-sinfónicos existía un programa especializado de aquel ritmo infernal en Radio Libertad a las 6 de la tarde. Y hasta ahí las envió el pendejo destino un día del cual ellas sí tiene el recuerdo.

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Aviso en Ultima Hora de los shows de el Olímpico, la boite que quedaba en los bajos del Estadio Nacional. 1959.

Su andar a venada algodónica levitante, gracias a la contranatura de su peso físico rebelde a las mil veces enternecida atracción terrenal, fue aquello que la hizo monona al cariño nacional. Y el público de pie escandalizado y erecto. Betty colégiala, ballerina heterodoxa con sus pasos bien marcados, mejor señalados en el «Mambo Nro. 8», sus pasos paridos mucho antes del pecado original y sus células enjauladas en busca del batacazo orgiástico y de bramado océano de la temida extremaunción, allende las taquillas y los contratos. Betty de la música logogénica preñada por el ritmo patogenético  la frase no me pertenece, más bien recuerda una cita de Lucho Delgado Aparicio, su vecino. Betty espiando apenas la adolescencia lógicamente como una modelo del lógico Lewis Carroll.

-¿Y a usted, a qué edad la descubrieron? -la interrogo arrogante, casi casi atorrante-,  artísticamente quiero decir -añado rápido clocando el parche antes que salte el chupo.

-Faltaban 4 meses para cumplir los trece años   contesta enérgica como el sincopa de «Mambo en Sax» fabricado por sus caderas pétreas. El periodista Guido Monteverde en el diario Ultima Hora había organizado el primer concurso de mambo auspiciado por los trajes de baño Santa Catalina y que tenía como jale la presencia de la señora Yolanda Montes «Tongolele» pero que actuaría sólo como jurado. Bueno pues, yo me presenté sin el permiso de mis padres y quedé seleccionada como finalista aunque la propia «Tongolele» dijo que yo era la mejor. Entonces Monteverde nos puso en manos del coreógrafo Rafael Ferreyra que venía con la fama de ser alumno de Roderico Neyra en «El Tropicana» de La Habana. Luego todas las tardes ensayábamos en los estudios de Radio Lima que en esa época quedaba en la Av. Uruguay…

–¿Y qué año sería…?

–1951. Guido a nuestro grupo nos bautizó como «Las Bikini Girls», ahí estaban «Verónika» «Gladys», Judith Osorio, Nelly Watson, Delia Baudacho, Rosita Cortez y otras que ya no recuerdo. ¿Qué será de sus vidas? Debutamos ese verano de ese año en el teatro «Monumental» de Breña que era como el templo de la farándula. Y para esto ya actuaban artistas consagrados como Alex Valle, Fetiche, Tamara Brown, «Doña Diabla», «Taboga», Cantinflas Peruano ¡Pobrecito! un domingo se murió en Miami si pues, se murió en su ley.

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Carlos Dogny y Miss Perú, Madelaine Hartog Bell.

Entonces Carlos Dogny era el «Rey» del Packart sin techo, del bronceado eterno empanado en terno blanco, de los pisco-sours bien secos en tabla hawaiana, del «luau» interminable de las noches en el club Waikiki de los romances tórridos a lo Corín Tellado de apenas 7 horas y media. Y el Perú  vivía años del festín populista y de las orgías decadentes. El soplonaje, la provocación, la tortura y los crímenes se habían puesto de moda. Mientras el señor presidente constitucional, General de División Manuel Apolinario Odría se emborrachaba hasta sus cangallas en la mansión de Monterrico con las damajuanas de pisco que le obsequiaba el compadre Temístocles Rocha   aquel que impuso el «rochabus», y el boîte «Embassy» trepidaba arrugando el satén nocturno con las merengueadas de Xavier Cougat y Marianito Prado cagaba plata y el dólar estaba a quince soles por culpa de la guerrita de Corea y Marilyn Monroe invitaba al placer solitario y ¡Ay, pero qué rico país! como finalmente diría el letrado también iqueño, Dr. José Antonio Ríos Delgado, hincha de Huaranga Daga y de don Adolfo Donayre.

« ¿Y sus ojos? ¡Oh cristalina fuente, / Si en esos tus semblantes plateados/ formases de repente/ los ojos deseados/ que tengo en mis entrañas dibuxados! (Dixit: «El Cantar de los Cantares» profanado por el sacro-erótico San Juan de la Cruz, también nada menos). Fue así que me contó la propia Betty di Roma en un restaurant de la Av. Colonial frente a Carlos Domínguez, mambero sedentariamente sediento del barrio de Jesús María. Fue así que retraté su anatomía feraz aunque inmarchitable y eternamente gloriosa, en aquella mirada de gema verde ¬esperanza que desnudaban los vestigios sucumbidos en las antiguas desdichas. Fue así que confesó que no sabía vivir fuera de la música, ni lejos de los escenarios. Fue así que juró que el talento no se le quería ir porque ella era la misma música. «Yo sigo siendo La Reina del Mambo», así me contó y así le creí.

-Por favor hábleme de sus amores, admita cuántas veces se casó   -le digo con rictus de inspector del Registro Civil ¿Un policía conyugal antes que coyuntural?.

-Nunca me casé  -baja la voz y ruedan sus pestañas. Yo tuve un gran amor a los quince años. ¿Sabe cómo se llamaba? Foncho, sí, Foncho se llamaba. Fue mi primer enamorado pero lo que se dice enamorado. Un desgraciado día nos peleamos a muerte y nunca más lo vi. ¿Sabe cómo me dolió? Bueno pues, juré no volver a querer a ningún hombre y sufrí.

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Tongolele.

Pasó el tiempo y una cambia. Después tuve muchos amores en mi vida, me asediaban millonarios, políticos, artistas, renombrados directores de periódicos. ¿Pero quiere que le diga una cosa? Más he sido feliz con mi carrera, mi profesión siempre estuvo primero. Por eso jamás tuve hijos ¿Para qué? Con mi soledad también fui dichosa.

En la boite «El Bangú» de la calle de las Amarguras, para esa noche han preparado una escenografía espectacular, con palmeras, cocos y hasta una playa con olas como aquellas de «Los aretes que le faltan a la luna». Esa noche debuta como solista la gran Betty Di Roma   con mayúsculas por favor señor director   y llevará invitado el extraordinario Dámaso Pérez Prado con algunos integrantes de su orquesta entre ellos «El Niño», bongosero de fibra congo que jamás regresará a su patria y suenan los cueros y el chorro de luz enjabona esa fogosidad de la piel eléctrica que danza sin contener su motor lúbrico y profundo. La contemplación es satánica el estético ardor una delicia. Baile Betty, mueva Betty, saque el pecho por la patria. Y el público se vino abajo. Y Pérez Prado que no era ningún cojudo, llegó hasta el camarín y le besó las piernas -con la digna pureza de genio a genio, confesó después– y rejuro que la iba a llevar a la fama ¿A la fama? ¡Ah zambo bandido!

Como decía la memorable soltera sin pasado, doña Sara Noriega de dulce cuerpo de marsopa: «Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo»    y que lo diga Florentino Ariza, semejante hedonista creado por la maléfica tutuma de Gabriel García Márquez. Y Betty ya vivía con Juan Silva Villacorta, tremendo hombre de radio y mejor empresario que trajo a la capital estrellas como Olga Guillot, Los Panchos, Benny Moré, la misma «Tongolele». Y Betty se pasó diez años encamándose con el tipo. Y Betty era engreída y nerviosa. Una noche se la agarró con todo el mundo, con Guido, con Silva, con el hermano, con la mamá y de pura Marilyn del pobre se empujó más de cua¬renta pastillas de Nembutal y por un pelo se salvó. La encontraron morada y con las justas la arrancaron de las fauces de la muerte.

-¿Y qué dijeron sus fans? Estimada maestra  -preguntó el pérfido periodista que era yo.

-Nada, simplemente que un escándalo. Por ahí dijeron que me drogaba, que era pichicatera, que me estimulaba para actuar que me había arrojado de un quinto piso, que mi mamá me dijo. Y era mentira porque yo no fumo ni bebo ni…

-Perdón ¿qué es lo que más le gusta hacer?

-Pues bailar, bailar, bailar. Usted no sabe qué sucede en mi cuerpo cuando escucho un ritmo caliente…

-No, pero me lo imagino  -contesté asegurando muy bien la adrenalina.

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Pérez Prado

Entonces la metalepsis y/o la metástasis  -Mr. Marett dixit-, según el venerable cubano Fernando Ortiz   es aquel proceso que confluye en la molleja del alma y que nos viene de la raza Lucumí del panteón Yoruba –Si señor, del ¡Gran reino Yoruba!– que ahora lo ubicamos al sureste de la república de Nigeria en al mágico continente africano. Entonces bajó la candela de Cuba y también llegó por Cabo de Hornos. Y es un tumor polifónico de índole sexual difícil de extirpar y que a las mujeres les anega el píloro y a los hombres les enhiesta el tonjore, como diría mi viejo. Entonces es un virus producido por los cueros, el guarango y las cañas. De eso y de aquello sufrimos ¿No es verdad maestra?

Así, quintaesenciada, de lentejuelas y penachos, amadonnada de glamour   aquel claroscuro que empapa la animalidad femme, la armonía del resplandor cómplice en el rostro el fulgor de sus cabellos y la incontinencia misteriosa sobre los ojos   magnificada de lubricidad echada de menos, amada de más, la dama Betty di Roma, mítica y apóstola de la carnalidad como una cronología que es la nostalgia hecha crónica, enferma de fechas   GCI dixit  , evocada por los sexagenarios de los anteojos gordezuelos, su busto cintura, caderas y su Mata Siguaraya y jamás su estatura, ni Max Factor, ni Paco Rabanne. Sí su salvaje lujuria telúrica casi cataclísmica, su talento exótico a orquídea cercenada a dentelladas. En los sueños de la liviandad nacional correctamente redimida.

«Llama que a la inmortal vida trasciende/ ni teme con el cuerpo sepultura, / ni el tiempo la marchita ni la ofende. (Panchito de Quevedo él mismo es). En 1951 también. El maridaje entre la plutocracia  Vr.gr.: los Gildemeister, los Berckemeyer, los Pardos, los Aspillaga, los Prado, los Peña Prado, Beltrán y la «Alianza Nacional»  y el militarismo. La Ley de Seguridad Interior del incomparable Alejandro Esparza Zañartu, quien enviaba a la caballería policial para proteger a las bataclanas de la «Bim Bam Bum», esos pimpollos afiebrados, aquellos capullos caldurientos, mientras Odría se regodeaba con la almibarada sensualidad del poder.

Entonces sonaba en la equilibrada Lima «El ruletero» que encandilaba Amelia Aguilar, «Ni hablá» con las Dolly Sister, «Pianolo» que era el fervor borgiano inmemorable de Rafael Ferreira, «Mambo Oriental» aquella pieza que divinamente adivinada en un diván contorsionaba la china Tai Loo. Y Anakaona  india de raza cautiva y de la región primitiva   que ahora vive en Madrid y tiene un hijo del torero «Gallito» y que en realidad se llama Consuelo Loyal. Y también Eda Lorna al sol de la macumba en la caverna lujuriosa bautizada como «El Pingüino»   Perdonen la tristeza, y «Sax Cantábile» en las posaderas player de Taboga, la princesa del himen antibalas. «Hechos y no palabras» y «La democracia no se come». Y Betty Lejos, muy lejos para remendar los recuerdos.

-¿Y que hizo usted en Europa 12 años?

-Mamboreé en Madrid, mi tema favorito era «Mambo en España» que no era de Pérez Prado sino del compositor Julio Gutiérrez, en el «Lido» de París, en Roma, en Palermo ¡Ah! Estuve con un conde, y casi me caso sólo por el título. Y aquí en Lima también me correteaba un noble el conde Sartorius, al que mataron por un beso equivocado…

Y ese joven que observa y equidista las fotos en este sexagenario que ahora cierra la página de este periódico, lejos más lejos, para parchar también sus nostalgias y cicatrizar el ojo del goce imperecedero. Mozo, ¡sírvame en la copa rota! ¿O no?

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Grupo de vedettes: La primera es Anakaona.

EL BIM BAM BUM

Fue un espectáculo creado por el empresario uruguayo Antonio Felis Peña, quien era conocido por su apodo de fantasía: Buddy Day, estrenado en el teatro Opera de Santiago de Chile tratando de emular a los parisinos, El comienzo de la leyenda tuvo un nombre muy sugerente: “Qué churros con bikini”, se llamó el primer show que abrió las puertas del Teatro Ópera a la compañía Bim Bam Bum en la noche del 20 de enero de 1953 escrito por el cómico Eugenio Retes; sin embargo parece ser que en realidad el nombre fue tomado de la rumba que interpretó Mapy Cortéz en la película de Cantinflas “El gendarme desconocido” en 1941 es decir doce años antes.

Aqui en Lima y un poco después,  aparecen “Las Bikini Girls” grupo creado por Raúl Villarán, Carlos Wiese y Guido Monteverde para ofrecer espectáculos tipo Nueva York con bailarinas de escasas ropas y números diversos, ¿Coincidencia de nombre con “Que churros con bikini”? Como vemos no hay nada nuevo bajo el sol y de originales no tenemos ni la “O” El mambo y el cha cha chá estaban en su apogeo y mediante avisos que solicitaban veinte chicas para una compañía de revistas, se organizó un concurso. La bailarina Yolanda Montes (Tongolele) que a la sazón se presentaba en la boite “Embassy” en la plaza San Martin, encabezó el jurado -integrado por el pintor Sérvulo Gutierrez y Pilar Pallete quien fuera esposa del actor John Wayne- para escoger a las chicas que bailarían. La selección se hizo en  la boite “Cotillón” y se presentaron largas colas de jovencitas ansiosas de surgir como rumberas.

Entre las seleccionadas estaban Alejandrina Población (“Mara”),  Consuelo Loyal Echevarría (Anakaona), y Betty Di Roma que no necesitó un nombre artístico. Las dos primeras destacaron tanto en el baile como en la actuación y Betty sólo se dedicó a bailar alcanzando fama internacional. Fue tal el éxito, que el teatro Monumental de Breña tuvo que ser protegido por la caballería de la policía debido a la gran cantidad de espectadores que formaban largas colas. / Tomado del blog: “Entre tachos y bastidores”.

Lima, 7 de mayo de 1990.

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