La muerte del zambo mayor

00 GoyoGregorio Martínez

CLAVO Y CANDELA

 Una crónica de ELOY JÁUREGUI

 

La obra del escritor peruano Gregorio Martínez –muerto el último 7 de agosto–, urge de ser recuperada y estudiada en toda su envergadura. Tema que académicos y críticos han soslayado permanentemente porque no es autor amaestrado ni gente de capillas ni cenáculos. Igual ocurrió con José María Arguedas en su tiempo a quien segregaron por escribir a favor de indios y contra los gamonales. Martínez fue zambo y cunda en un país donde el racismo no permite ese lujo del pobre.

 

Temprano, en su refugio de Arlington, a orillas del río Potomac, la mañana del 7 de agosto se murió sin mayor parsimonia Goyo. Él, que era retrechero con los homenajes tuvo una muerte asolapada como el cáncer que lo abrasaba de día y noche pero que le concedió la gracia de trabajar y dejar casi terminada su novela Potro (o pájaro) pinto –que según su cumpa Hildebrando Pérez Grande, es su testamento literario de 500 páginas– un adobe de miel literaria y zumo de calzones.

Y le gustaba el mote de Goyo a este Gregorio Martínez Navarro que era hijo de los añosos guarangos de Coyungo, esa aldehuela en los pagos de Changuillo a la vera de la provincia de Nasca –que por Ley 30118 de paganos se escribe con s–, a 500 Km. Al sur de Lima y donde ahora, convertido en cenizas, mora para siempre como tambo enhiesto e indestructible entre los vientos y la caléndula que a leguas hace a los principales y gentiles, gente de escozores intensos y a las matronas, encantadoras sibilinas de las tormentos bajoventrales.

Lo he contado otras veces que éramos hermanos de leche y oponentes en el ring de las 4 perillas. Ahora que está cabalgando en la otra vida lo puedo “echar”, es decir, empapelar con legajos y pliegos profilácticos. Fue Gregorio Martínez Navarro el escritor peruano más quimboso y voluptuoso de todos. Por sus venas corría más que sangre, almíbar de pendejadas y el aporte sensual de lo afroperuano en la literatura y el periodismo. Residía por langa y nada cojudo en los Estados Unidos desde 1986 y los que lo odiaban no podía quitarle lo de zambo matrero y fachoso porque manejaba su labia y sabía de las sustancias del verbo ladino y gazmoño.

Sin embargo, para nadie en el Perú es desconocido que Martínez no gozaba del prestigio y el caché que tienen y mantienen otros autores frente al negocio editorial. Sí, esos escritores regios y cuidados que no le llegaba ni a la punta de la guasamandrapa de este zambo mayor.  Entonces era evidente el vilipendio y la tirria que producían simultáneamente en la apreciación oficial y el canon majadero. Y cómo Goyo se había cansado de aquel desdén desde que publicó sus primeros relatos, se mandó a mudar a un exilio jodido no sin antes mandar a la misma porra a cuanto blanquiñoso le quiso parar el macho.

DE SUS PREMIOS

En el 2008 Goyo Martínez quien se había presentado con el seudónimo de “Ayar Cache” a la Primera Bienal de Ensayo Premio Copé Internacional, obtuvo el primer puesto y 35 mil Soles. Su trabajo Diccionario abracadabra. Ensayos de abecechedario, fue premiado por su originalidad, su estructura sólida y su sentido del humor fino. Martínez, cachoso, declararía luego había que reivindicar el uso de la “ch” en el idioma español y mientras afirmaba que en todo narrador hay un ensayista, dijo que su texto no sólo existía una travesía que recorría el pasado y el presente sino que los hacía dialogar por medio de una prosa literaria muy fluida, sobre la base de una muy asentada radiografía cultural. Todo muy bien, el libro se editaría luego. Lo que nadie sabe es dónde fueron a parar los 35 mil mangazos.

La escritura en el Perú viene de castas y linajes. En el caso de Martínez, su arte es opuesto propio de un hombre de textos que ahondan y dragan. Provocan regodeo y afinan el seso en usanzas deleitosas. Sus textos de ficción, testimoniales o periodísticos concentran una mecánica del estilo como estilete. Su arremetida toca carne por desparpajada e insolente. Algunos han dicho que ese proceder solo es posible porque se ejecutan con un lenguaje fresco y truculento. Otros se alarman porque Martínez utiliza una forma de contar con puntada y con hilo, natural y a la vez, artificiosa. O sea, es pendejo –en la fórmula peruana– y culto a la vez en una sola cucharada.

La escritura en Martínez trae de la oralidad de peones y campesinos, de  sabios populares y alquimistas, de personajes de diferentes estratos y condiciones, aquel encanto natural que muestra la complejidad y particularidad del ámbito de aquella franja de costa peruana donde negros y serranos se empernan a las leyendas y quimeras cotidianas de un universo trágico como festivo. Goyo sabe escuchar con un oído fino el estruendo de la comarca y atrapa y capta los más sutiles coloraciones del habla popular en un ejercicio genuino de antropología estética, que como dicen aquellos que lo leyeron con atención, de alguna manera raspa la ebullición lingüística sintonizada por José María Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo.

DE SU ESTILO

No me gusta el planteamiento pero lo sigo. Así es y debe ser un escritor en el Perú. Es decir, manejar rollo y denunciar lecturas. No hay otra forma de darles en el alma a las camarillas culturales que cada vez se escandalizan porque Martínez los enrostra con sus documentos que notifican y friegan. Así se torna fastidioso porque dinamita el armazón de una sociedad que discrimina y segrega. Es que Martínez tiene fondo y calle, por zambo elegante y por profesor de materias voluptuosas. Y cierto, porque nació en Coyungo, Nasca.

Se reconoce en Martínez la trenza en los diversos planos de lo lexical, lo morfosintáctico y sonoro. En la fórmula de Zapata y Biondi, la técnica que usa Goyo extrae del corpus asacramentado del habla ordinaria, giros locuciones y mañas, trato de lenguas encabritadas que ensambla a lo que hoy se usa en la comunicación electronal y lo dispone en una escritura de cercos y circuitos fragosos donde se  incorporan arcaísmos, neologismos, toponimias, quebrantismos sintáxicos de la oralidad genuina y auténtica que solo es productos de un uso vivo de la lengua carnosa por natural.

Lo confirmo: Martínez hizo de su sabiduría privada un acto público. Ha trabajado con el caudal fantástico salpicado de ficción de su Coyungo natal pero incursionó también en el ensayo y sobre todo en el periodismo siendo cronista de envergadura. Ha publicado libros como Tierra de caléndula (1975), Canto de sirena (1977) La gloria del piturrín y otros embrujos del amor (1985), Crónica de músicos y diablos (1991). Biblia de guarango (2001), Cuatro cuentos eróticos de Acarí (2003), Libro de los espejos, 7 ensayos a filo de catre (2004) Diccionario abracadabra. Ensayos de abecechedario (2009) y en el 2015 apareció Mero listado de palabras que la editorial Imago publicó en julio y que constituye una antología de sus mejores textos periodísticos.

00 Chacho y Goyo

DE SUS PUBLICACIONES

Hace dos años le pidió a su editora del sello Imago en Lima que yo le escriba una suerte de prólogo de su libro picarón Mero listado de palabras. Así lo hice y no me arrepiento. Entonces yo recordé la última vez que nos vimos. Y llegó temprano al café de la avenida Dos de Mayo en San Isidro. Gregorio Martínez estaba impecable son su bléiser azul marino, su pantalón de casimir gris, zapatos canela con brillo y una camisa amarilla lúcuma. Venía de EE.UU. eso lo sabían sus amigos. Alfredo Portal lo esperaba sediento y Cesáreo Martínez quería repetir el volantín de esa noche en el Chino Chino.

Ya en la mesa, pidieron “media hora de cervezas” y se arrancaron primero con los rumores, luego con las habladurías y pasaron a los chismes. Los amigos, ese gran capítulo que Martínez cultivó desde las noches del Bar Palermo, ese antro donde el grupo Narración cambió el devenir de la literatura peruana. Los amigos, algunos ya no están. Y Martínez, esa vez seguía fregando y tomándole el pelo a la vida amén de sus historias fascinantes. Como esa vez, el pasaje de tres días con sus noches con el secuestro del poeta Martín Adán que provocó en Goyo la escritura de una de las crónicas más brillantes del periodismo peruano:

“Juan Ojeda fue al baño y regresó con cara de asombro. “La poesía está allí”, dijo, con esa retórica tan suya, y señaló hacia la mesa que estaba colocada frente al lavadero de vasos. Eran cuatro o cinco viejos, dueños de sí, que tomaban pisco en copitas, excepto uno que tenía delante una botella de cerveza. “¿Quién?”, pregunté; siempre ignorante, todo el tiempo rezagado, alumno de escuelita nocturna. “Martín Adán”, me contestó Chacho, mi tocayo, con su voz aguardentosa y su peinada a lo Gardel. “¿Cuál?”, volví a preguntar. Esta vez nadie me contestó. Todos miraban absortos al viejo enorme, enfundado en mugriento gabán de lana espiga, ensombrerado, con espeso y silvestre bigote amarillento, ojos saltones, enrojecidos, turbios, ya sin color, bajo el ala del gastado sombrero de paño o fieltro, como dirían los cultos. Juan Ojeda, con una risita inocente y malévola, dijo “Hay que capturarlo”, “Eso”, acertó Motta; siempre provinciano, cada vez más cholo, nunca miraflorino, jamás pituco de la Católica. Y Martín Adán se dejó capturar…”

Gregorio Martínez escribió un género personal austero y brillante. Acaso periodismo literario que no fue novela, ni poesía, ni  testimonio, ni biografía, ni ensayo. Lo suyo fueron textos que como decía él: “cosían palabras, bien asentadas en el papel para que no se las lleve el viento”. Entonces era la trascendencia que como dijera un crítico: “en su materialidad de Vida y en su especulación de Trascendencia, reúne el mundo de abajo y el mundo de arriba del pensamiento precolombino, el cielo y la tierra del pensamiento occidental, la  razón y la locura del pensamiento universal”. Ahí el detalle.

DE SU COYUNGO

Y en Coyungo, Nasca, los naturales son amantes de la Sopa. De troncha o menudencia, de preferencia, de animal plácido y de reposo, poco de macho comprobado, más de hembra tierna. En Coyungo, Nazca, las mujeres, pasada las 5 de la tarde, emanan tufo a chanque, ese molusco gasterópodo conocido también como pata de burro. El aroma rompe las leyes de la física porque se instala a nivel de la pelvis, y amotina y encabrita, y al anochecer derrota las presas morales y los diques púdicos.

Ese Coyungo que es escenario de su Canto de sirena (1977) provoca en Goyo el uso de recursos literarios, periodísticos y antropológicos para presentar el alucinante mundo del anciano negro Candelario Navarro, sobreviviente de la época de la gran hacienda que, a sus 81 años, recuerda sus proezas sexuales de ‘semental’. Se descubre así que el personaje central como él mismo se llama es una animal sexual. Y guarda un registro de todos sus encuentros sexuales con mujeres y animales  de Nasca, Acarí y Lima y que el autor le atribuye al sexo un rol fundamental mientras  fungía de curandero con especialidad en ‘amarrar maridos’ y con el beneficio de que a sus damas pacientes no les cobraba en soles, sino con sexo. Pero más allá de la anécdota, el relato subraya el sistema imperante en la época de explotación contra el negro y el indio.

Por ello debo citar una confesión de Martínez, en su tino y estilo: “Cuando yo estaba en Coyungo, mi terruño, nadie me llamaba zambo. En Nazca sí, igual en Lima. Incluso, ahora, algunos de mis amigos persisten en utilizar el vocablo so capa de aprecio. El día que el autor de un relato, basado en una misiva mía, quiso titularlo “Carta de un zambo desde París”, yo me opuse. Recurrí al consenso para tener respaldo. Tuve que recular, pues una querida amiga me respondió: “ya, zambito, no seas chinche”. El relato quedó con el título que le puso su autor. Por no poner el pie a fondo, yo mismo permití que continuara perpetuándose la vigencia de zambo”.

SU MERO EN PALABRAS

En su último libro Mero listado de palabras hay un hallazgo mayor en los textos de Martínez que hacía buen tiempo no publicaba absolutamente nada. Y ya era tiempo de leerlo en esa selección de textos que tienen factura periodística y que casi todos se han venido publicando desde hace un poca más de una década. Más que selección, digo yo, el libro sería una suerte de “Grandes éxitos” si Martínez hubiese sido cantante de la nueva ola. Pero Martínez es profesor y maestro.

Hay pues en esta antología un trabajo escritural que no se detiene con nada y ante nadie, y que chapa política como agarra literatura u olla nacional. Entonces uno se encuentra una manera de expresión que se asienta en el discurso ordinario y coloquial para hacer otra cosa, algo pleno de expresividad, de belleza, y una inesperada intelectualización de lo pasajero, de lo turbio, lo infame y lo vulgar del contorno nada bello de lo peruano y sus orillas sentimentales.

Es pues en Mero listado de palabras aparece el hallazgo de textos ordenados por fechas y desordenado por sucesos y personajes. Martínez toca, observa, mastica, señala y fustiga a temas que van desde el oficio de los intelectuales delicados a los escritores dedicados, de la vida política y universitaria, a la vida incontinente de músicos, místicos, locos y poetas. Hay pues en este florilegio o repertorio amén del estilo Martiniano (perdón el neologismo), una tenaz respiración literaria, un galope poético –aunque a Martínez le fregaba mi aserto– que es mucho más que un jadeo de hombre de prensa, en el que también es capo el autor.

La utilización de la ironía como recurso fundamental del texto pone en evidencia esas tensiones en pugna para finalmente resolverse a favor de la versión de las clases dominadas. Estas tensiones se construyen por medio de un lenguaje irreverente, plagado de imágenes y de recursos estilísticos. Se destacan entre ellos las metáforas, comparaciones, cosificaciones y una abundancia de adjetivaciones barrocas amalgamando derivaciones, duplicaciones y neologismos. Este tratamiento especial del lenguaje configura “el tono” de la obra, permitiendo el desarrollo de la ironía en su máxima expresión.

SU OTRA LITERATURA

A Gregorio Martínez también le decimos “Goyo” y es fundamentalmente prosista. Un escritor en su garbanzal. Allí donde la literatura peruana es presumida y vanidosa. Su chasís y osamenta cabalga en la idea segregacionista y prejuiciosa que solo algunos pueden izar las letras públicas, las letras mayores. Que aquello es para los escogidos. Que es asunto de limeños, blancos y con billetera. Igual, los peruanos se han zurrado en esa máxima. Ojo, los mejores vanguardistas, por ejemplo, ni son blanquiñosos ni tienen cuenta en el banco. Vallejo, Oquendo, Churata eran cholos. Arguedas, Alegría, Vargas Llosa, igual. Además, todos provincianos, todos nacidos fuera de Lima como Gregorio Martínez, hijo de la geografía peruana del desenfado.

De alguna manera, ese concepto viene en carroza colonial y es herencia del romanticismo. Ese rudimento amariconado que además embolsa tradición política e historia de ganadores. En Martínez en cambio, la realidad es sensual hasta sus cachas y su estilo gira en rotunda voz personal y en el escribir por el placer de decir a las cosas por su nombre. Hay seso y sexo y el deseo de escapar de los canales formales y sus ganas de sorprender. Así, vanguardista retro y moderno, Martínez va de la sorpresa a la teatralidad, horada y zurce, ese es el brillo y efectos de su estilística.

Vamos, tenía ironía el zambo pero en realidad estaba fregando a los osados. Asado él, cuenta que aquí y acullá, las gentes de color modesto, como llamo Ribeyro a los negros en el Perú, son personas de un nivel bajo de lo normal. Zambo fue Valdelomar y la sociedad de esa época lo jodía. Zambo es el poeta Enrique Verástegui y la crítica no le perdona que escriba gran poesía. Zambo es Gregorio Martínez y eso es casi un delito imperdonable. Pero el Zambo Martínez fue profesor en escuelas públicas en el Perú y es maestro en los Estados Unidos de Norteamérica. Entonces, no joroben, el hombre sabe su cuento.

00 zambo en nasca

LA ZAMBOCRACIA

En unos de los textos de esta selección, “Hispanicidas e hispanófilos” se lee: “¿Por qué mi paisano Abraham Valdelomar hizo escarnio de los negros en Psicología del gallinazo? Posiblemente para encubrir cualquier sospecha de que él mismo tenía un hermano de ascendencia afro. En este aspecto, el racista Clemente Palma estaba tras la pista y llamaba zambo caucato al Conde de Lemos, pese a que el propio Clemente Palma, ayayero del Conde Gobineau, ocultaba entre sus ancestros una bisabuela negra. Además, según Luis Alberto Sánchez, exégeta de Abraham Valdelomar, el autor de El caballero Carmelo tenía pelo dudoso, “lacio de peine”.

¿Lacio de peine”?. Bien, corto el rollo de la zambocracia. Martínez, no obstante funda un tipo de escritura en este Mero listado de palabras que es admirable. Sus artículos, yo digo crónicas, para acollerarme, tienen de carne macerada en chicha con ají limo y harta zarza de cebollas arrechantes. Entonces debo advertir que hoy pocos se atreven a que nuestro lenguaje escrito se parezca al lenguaje de la calle, al de todos, a la manera como hablamos.

Martínez es el escritor que está mirando el caos de este tiempo y es ajeno a eso de observar la tierra rodar. Hay una cancamusa sobre lo atroz de la corrupción y los valores efímeros de estos tiempos. Martínez usa de la tradición peruana lo jocoso, lo poético y lo macabro. Sus módulos –esas crónicas que construyen este universo—son un festejo de, como un carnavales de negros e indios. Hay pues una respuesta al malestar de una época en estas sociedades doloridas, atiborradas de intelectuales serios y doctores sentenciosos que ni aportan ni brillan.

DE SU PERIODISMO

Martínez fue profesor pero antes que nada, periodista. Y no porque hoy está muerto. Debo reforzar más que rociar de pisco este momento. Gregorio Martínez armaba y tramaba estos textos mediante un recurso singular, el del traspaso de sentidos. En ese propósito todo se expone e impone, se evoca y se toca. En Lima, o cualquier capital latinoamericana o una que otra urbe de los Estados Unidos, su escritura recorrió el mundo urbano con sus modas, racismo, tráfico o religión.

En Martínez existe el  fraseo que viene de la sociología urbana, que va a la antropología social y aterriza en el hallazgo literario. Se usa retruécanos y paráfrasis, se juega en pared, se toca con clase, se modela con el hipérbaton y la analogía y se remata con la de pecho de los otros efectos retóricos. Cierto –y ya lo denuncié en otras sábanas—que nuestro castellano escrito va por un lado y el hablado por el otro. Juntar prosa escrita y oral es herejía para muchos. Pero en Martínez este maridaje y con patada a la luna, intenta que las frases se escuchen, para eso, altisonantes, desparpajadas, sueltas de hueso, de registro sonoro de la escena viva y mudable de lo que en el Perú se ha denominado, lo achorado, lo combi, lo achichado.

Celebro a Gregorio Martínez como celebro haber sido su alumno de muy niño, de joven, de viejo. Gregorio Martínez fue mi profesor en la primaria en un colegio del barrio de Surquillo en Lima. Y cierto, me enseñó de la pe a la che. Y cierto, era raro porque no era común en esa capital de principio de los sesentas que existiese un profesor zambo. Yo le conté a mi padre de Martínez, de su manera formal de enseñar, de su talante pedagógico brillante. Mi viejo que era sabio más por viejo, me dijo: “Aprovecha, no todos tienen un brujo como maestro”.

Bueno pues, brujo o no, Martínez es este escritor de genio y de solemnidades. Un hombre que se parecía a ese, su paisano, Valdelomar, de quien escribí alguna vez: “Existió un Valdelomar zambo y fue blanco de las envidias y del deseo”. Cierto, ambos ahora están muertos, pero sus escrituras son inmortales porque el talento es como el dinosaurio de Monterroso, que cuando despertó, todavía estaba ahí.

 

Texto publicado en la revista LIMA GRIS Nro. 13, Lima Perú.

 

 

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