Lolita de Nabokov

LOLITA

O LA GRAMÁTICA DEL DESEO

Un texto de ELOY JÁUREGUI

 

De cómo la muñeca de Nabokov sigue produciendo soponcios y desmayos a más de 65 años de su creación.

 

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Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía
“Lolita!, Vladimir Nabokov

1.

Extraño. Lolita tenía doce años y medio cuando nació o cuando fue creada -que es lo mismo pero distinto-. No era una niña, no era una mujer, en todo caso era una femme atemporal hecha y derecha para el pecado virtual. Y era mortal para cualquier hombre maduro. Y es maduro aquel que pasa la barrera de los 40 años veniales. Y es sospechoso ateo de cualquier pecado místico, aquel -y aquella, aunque son las menos visibles- que se andan con aquello de rasparse jadeantes por las paredes rijosas de la libídine en busca de una, de una sola mirada de nymphette o “nínfula”.

Y “nínfula” es aquel neologismo utilizado para el acto de describir a la sujeta-niña-objeta, materia de esta crónica, la Lolita de marras, por el escritor Vladimir Vladimirovich Nabokov quien nació el mismo día que Shakespeare pero muchos años más tarde, en 1899 para ser más exactos, en San Petersburgo, después bautizado como Leningrado -denigrado por los hijos del propio Lenin tiempo más tarde de su revolución-, aristocrática y millonaria aunque fans enamorado| de los bolcheviques y políglota por cultura paternal, con dos niñeras inglesas, una gobernanta suiza, un preceptor francés. Estudiante fogoso de Cambridge antes de irse a vivir a Alemania. Es decir, educado a la inglesa (que no| es como aquellos se imaginan: de carnes casi crudas y jugosamente  ensangrentadas) y casi reeducado también a la francesa (que si es como aquellos se imaginan: de carnes adobadas y sin heridas y flujos visibles).

Por tanto, y aunque más amante de Dickens que de Flaubert, Nabokov se hizo experto precoz en el tema del adulterio a la manera conchabada de Madame Bovary antes que en las formas amancebadas de Anna Karenina. No era Nabokov un voyeur pero esos que lo observaban desde el jardín, juran que detestaba de  los clásicos rusos los personajes de Dostoievski que se miraban de soslayo en los espejos biselados y renegaba de los arquetipos de Tolstoi de mironas revistas enfermizas por sus talles polígamos frente a los espejos de la vida misma.

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En la hoy inexistente –pasto del huracán de la censura– Librería francesa de La Habana, en 1957 Guillermo Cabrera Infante se dio de bruces con Lolita. Sí, con la edición original de “Lolita”, encuadernada en verde y en dos volúmenes, publicada en París por un editor atrevido –Estados Unidos la censura previa había impedido su aparición dizque por su contenido escabroso. Los tiempos no han cambiado nada, y hoy “Lolita” es un escándalo aún mayor para la mentalidad puritana engendro de la moralina Trump. Cierto, no trasciende, y saben por qué, porque esta ninfa libresca sufre de la indiferencia con que la literatura es recibida, hoy, por todos.

Una década luego, en su buhardilla de Ascott en Inglaterra, Mario Vargas Llosa terminaba de escribir un breve y sesudo estudio sobre la obra de Vladimir Nabokov y de su delicioso pecado, “Lolita”. Novela hecha película –con tiquismiquis y escrúpulos– en 1962 por el cineasta Stanley Kubrick. Esa vez MVLL tituló al artículo “Lolita cumple treinta años”. Tiempo después y denunciando la doble moral de los productores del cine norteamericano y mostrando un patético escozor bajoventral, casi acaban con la segunda versión de “Lolita” del contorsionado director Adrian Lyne de 1997.

Pero desnudemos primero la novela y después las películas. La primera Lolita hecha escritura fue terminada en 1951 cuando el cincuentón Nabokov vivía| con su familia\ en Cambridge, Massachusetts, y había visto rechazado, no sin dolor paternal su manuscrito por cuatro editores norteamericanos que lo tildaron de pornógrafo y él, sin perder la cordura, porfió con Maurice Girodias, de Olimpia Press, una imprenta parisina que editaba libros en inglés y éste al fin, la hizo dar a luz. Girodias era brigadier en juicios y decomisos por publicar librejos acusados de obscenidad y de atentar contra las buenas costumbres. Como refiere MVLl: “su catálogo era un disparatado entrevero de pornografía barata y genuinos artistas como Henry Miller, William Burroughs y JP Donleavy”.

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Pero en 1955 “Lolita” ya se exhibe en escaparates y otras vitrinas del pudor. Su éxito comercial fue inmediato y mucho más cuando el ministro francés del Interior la prohibió por “sucia”. Entonces Nabokov que era un venerable maestro de cátedra, con algunos libros conocidos (“La defensa de Luzin”, “La verdadera vida de Sebastián Knight” “Bend Sinister”), se hizo rico y famoso muy a pesar, más por el escándalo que por la extraordinaria calidad de esa, su novela “Lolita”,  una de las más hermosas creaciones literarias de nuestro tiempo lo que no dejaba de implicar al mismo tiempo que fuese un libro de escándalo e impudicia, aunque también, piedra angular -“hito inaugural”- de una nueva era de tolerancia sexual y la ruptura del himen de todos los tabús que amamantaban a los adolescentes rabiosos de Estados Unidos y Europa antes de la revolución -encamación para algunos- sexual de los sesenta.

«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía…» Así, estimados caballeros y simpáticas damitas, arranca de cuajo Nabokov su “Lolita”. Era escritura de sedas, escalofríos y temblores. No era inmoral ni amoral, era trazo de mago y prestigiador. Literatura del retruécano, cierto, algo anacrónica, decimonónica y de fustanes lingüísticos dirán algunos y no le falta razón. Pero es literatura que se enfrenta al caos del espíritu, contra la crítica delirante de la estupidez por decreto. Nabokov es la imagen de Charles Lutwidge Dogson, alias Lewis Carroll, el reverendo que coleccionaba niñas, padre pedófilo de James Joyce, de Antonin Artaud, de Eugene Ionesco y hasta de Freud y Lacan, estos últimos, archirivales de Nabokov. Y como todos, víctimas de censores, traductores, adaptadores y editores, de las sociedades del orden y la moral, de los clanes herméticos de los puritanos de los calzones para afuera. Carroll  fotografiando a Alicia en el país de las maravillas. Nabokov posando con Lolita en el jardín de las niñas en flor.

Thomas Mann creó en su  “Muerte en Venecia” a Tadzio, un muchachito también de 12 años, rubio efebo, andrógino mozuelo, y ante cual semejante criatura, el viejo artista alemán von Aschenbach perdía todo atisbo de calma. Luchino Visconti, en la película del mismo nombre, pone en el lecho de la  pantalla una extrañísima y no menos hermosa escena de pasión desenfrenada en las arenas de la playa de Lido. La mirada del hombre maduro cruzándose con aquella del niño Tadzio inocente y perverso, sólo cubierto por el traje de baño a rayas. Traje que le insinuaba su “pequeña y adorable virilidad”. Entonces Aschenbach se sentía morir ahogado por el deseo y “esa” belleza que a él le parecía tierna y perfecta, y que en los espectadores no llamó al escándalo ni mucho menos. Pero hay que aclarar que en el filme, no existe escena alguna que trasgreda la expresión de obsesión| y deseo. Mann como Visconti narran el sentimiento y no el encuentro sexual entre el maduro artista y un púber de 12 años.

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Igual, y no distinto, Nabokov nos cuenta en “Lolita” el amor de un hombre hacia una niña. Jamás en el libro existe el choque carnal más sí está sugerida y a gritos la intención. La historia es simple pero estrellante, una anécdota atractivamente brillante. Un padrastro cuarentón y obsesivo, conocido sólo por un seudónimo, Humbert Humbert, que enamorado hasta sus cangallas de su hijastra llamada en principio como Dolores Haze, conforme se inicia el proceso químico del romance es bautizada como Dolly para luego ser simplemente Lo y finalmente la gran Lolita.

Así, Humbert Humbert en primera persona relata a los jueces ¬-con pelos y señales- de un tribunal que lo juzga por asesinato. Hasta ahí nadie se teñiría de colorado, pero conforme avanza en los arabesco del relato uno va descubriendo a un sujeto que sufre de una extraña predilección, su inclinación por la procacidad de las niñas. Y que finalmente encuentra a la pequeña escogida en Ramsdale, un pueblito de Nueva Inglaterra. De esta manera, nuestro cuarentón elabora el plan y desposa a la madre, una viuda con plata que para felicidad suya muere al poco tiempo en un accidente angelical dejándole al tal HH como herencia carnal un pimpollo huérfano e indefenso. La presa apresada para sus más enanos instintos.

El lector sólo espera el terrible cuasi-incesto anunciado y este se produce, lento, al compás de una historia con suspensos y pausas. El gancho está en que en la historia no se cuenta absolutamente nada que tenga que ver con mejunje pornográfico o alguna majadería erótica. No hay ninguna descripción del clinch sexual. Y luego del gusto viene el disgusto y Lolita, mañosita, se fuga con Clare Quilty, un joven guionista y autor teatral. Entonces Humbert Humbert inicia la persecución, alcanza a los amantes y mata al sacavueltista. Aquel asesinato por el que es juzgado es precisamente el soporte por el que discurren la novela y el monólogo de HH.

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¿Qué clase de niña era o es Lolita? Es una ninfa, inocente, coquetona toda, mito de la candidez y perversión para hacer babear al varón más concentrado en asuntos de moral. Y acaso Nabokov no era el escritor escogido también por tener una afición poco rentable por harto provocativa. El ruso era especialista en entomología, aquel estudio de las inocentes mariposas. Sus conocimientos en la materia lo llevaron a descubrir tres tipos de mariposas: la neonympha maniola nabokov la Echinargus navokov y la Cyclargus nabokov. Como para tenerlas clavadas en el laboratorio de sus sueños pervertidos. Pero, qué le vamos a hacer, así es a veces la literatura, maestro “Nabo”.

El provocador y poco considerado Adrian Lyne es el director de esa nueva versión de Lolita. Sus películas anteriores son nada menos que Atracción Fatal, Nueve semanas y media y Una propuesta indecente, filmes que arrancan con el tufo chonguerista de lo prohibido y la fractura del tabú para terminar con la misma moraleja. Esa jodida cancamusa de la moralina que decreta cadena perpetua para el que se sale de la línea y se quiere jugar con su partidito aparte. Gran efectista para el público norteamericano, acostumbrado a la justicia Mac Donalds.

Esta Lolita se terminó de editar en noviembre de 1996, gracias al billete de un grupo de inversionistas franceses que se gastaron 50 millones en la  realización incluyendo a los dobles -mujeres de cuerpos perfectos aunque trajinados- que reemplazan a la Lolita verdadera en las escenas a catre pelado. Su filmación duró un poco más de 4 meses y no ha podido ser estrenada -aunque parezca mentira- en Norteamérica porque Lyne ha encontrado todas las puertas cerradas Ningún distribuidor y menos algún exhibidor quiere mostrar esta nueva versión cinematográfica del famoso relato y Lolita está preñada con el rótulo de filme maldito.

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Vladimir Nabokov, estudioso de mariposas.

6.

No obstante, ya fue exhibida hace unos día en el festival de Montreal, también en el de San Sebastián y recién esta semana se encuentra en cartelera comercial en París, Roma y Madrid. Por cierto, la crítica se ha metido la lengua en el ecran. Y sólo por la sencilla razón que en EE.UU. un fantasma recorre su territorio de Este a Oeste: es el fantasma del puritanismo. Aquella careta que también obligó a cortar la versión libre de Kubrick e 1962 cuando Lolita pagaba el pato del padrastro amante. Hoy nuestra Lolita, en Estados Unidos goza de una censura no oficial y los capos de la  industria del cine no quieren ni oír su nombre. Así, corre la misma suerte de “Boogie Night”, filme de Paul Thomas Anderson -llamado como el nuevo Scorsese para algunos chiflados el sétimo arte- y que fue prohibida porque el protagonista aparecía mostrando un miembro viril de tamaño extralarge. Su realizador se halla por cierto en un tremendo problema: no sabe si cortar por lo sano, cortar la parte del miembro o el trozo de la película incluido el descomunal órgano, en este caso, silente.

Si en la primera versión, James Mason -el HH pervertido y con una justa razón frente a una Sue Lyon endiablada- fue acusado de revejido viejo verde, esta vez a su sucesor, el mañosazo Jeremy Irons frente a la delirante Dominique Swain, Norteamérica les ha pegado con el trasero en la nariz y les han enroscado el morbo sexista que los corroe junto al mismo Lyne y están a punto de ser arrollados por la nueva ley contra la pornografía infantil firmada por el presidente Clinton en 1996. En el fondo en EE.UU. existe pavor por la pedofilia. Los casos últimos donde se llegó al abuso sexual y asesinato de niños menores que Lolita son la muestra más salvaje de la crónica negra en América y, por qué no, del planeta todo.

Pero ¿acaso el buen Nabokov tiene culpa en este asunto? Este cronista cree que no. Y sería bueno recordar sus palabras cuando le preguntaron por qué había escrito Lolita y no una obra de cirugía menor y si arrepentido. Entonces el políglota respondió: “Sólo hasta un punto: que al final Humbert siente  remordimiento por haber destruido a una niña. En realidad, la novela habla de amor: el sólo descubre que ama a esta criatura cuando la ve infiel, coqueteando, embarazada y repulsiva. Estoy de acuerdo en que, a Humbert, su particular perversión sólo le reporta una gran infelicidad, pero no lo escribí como un cuento moral, sino como un trozo de la vida. Lolita es más bien una tragedia”. Y yo agregaría, una dulce tragedia.

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